martes, 6 de mayo de 2014

POLÍCRATES DE SAMOS, 540-522 a.C. De tiranos, piratas y agoreros.




La tradición histórica del antiguo Mediterráneo nos permite, muchas veces, introducirnos en la vida de algunos curiosos personajes cuyos avatares, signados por una mezcla de hechos reales y trágicos vaticinios, nos revelan la complejidad de las relaciones político-culturales entre los pueblos de aquella región del mundo, las acciones humanas y sus consecuencias. No escapa a esta realidad la interesante vida de Polícrates, el tirano de la isla de Samos, cuyas vicisitudes invitamos a leer.



Polícrates arrojando al agua su anillo por consejo del
faraón Amasis (Ahmose II).
Ascenso al poder, y perfil de un tirano.
La caída del rey Lidio Creso (547 a.C.), tras su derrota en manos del rey persa Ciro el Grande (y posterior muerte), tuvo cierto impacto en la situación política del mundo griego. Al menos así parece ocurrir en la parte oriental de este, sobre todo luego del sometimiento de los “Yauna” (Jonios), por parte del general persa Harpagus. Las ciudades griegas de aquella zona, vivían momentos de zozobra en lo político y social.
La isla de Samos no estuvo ajena a este momento de agitación que vivía el Mediterráneo Oriental. En el 540 a.C. una revuelta liderada por los hermanos Polícrates, Pantagnosto y Silosonte (hijos de Eases) ejecuta un golpe de estado e instaura una especie de tiranía encabezada por los tres hermanos en partes iguales. Esta estructura de poder duro poco. Polícrates primero dio muerte a Pantagnosto, y desterró luego a Silosonte, asumiendo de esta manera la totalidad del poder, e instaurando una tiranía.
Desconocemos los entramados de situaciones o eventos que condujeron las acciones de Polícrates. Tal vez, como señala Aristóteles, el tirano surge del pueblo “contra los notables” y sus abusos[1]. Y termina por trasgredir este mandato popular para ungirse en el poder absoluto y despótico. Como sea, algún tipo de apoyo popular debió tener Polícrates. Y sus enemigos, que los tuvo y muchos, muy probablemente surgieron de entre la antigua aristocracia de la isla.
El semblante ofrecido por las fuentes antiguas, dan cuenta de una compleja personalidad afecta a los placeres y las riquezas mundanas[2]; al autoritarismo, la conquista y el imperialismo[3]; pero también cierta sensibilidad hacia las artes y su promoción, pues son numerosas las referencias que dan cuenta del gusto por rodearse de los mejores artistas de la época (poetas, escultores, etc.), y gestos bondadosos y condescendientes para con sus súbditos[4], aunque podía ser terrible si su poder peligraba[5].
A fin de cuentas la tiranía de Polícrates en la isla de Samos se caracterizo por el éxito y la prosperidad. Heródoto nos informa como en muy poco tiempo la “fortuna y celebridad” que acompañaba a Polícrates y a toda empresa de este emprendiera, será conocida en toda Grecia: “(…) Tenia a tal efecto una armada naval de 100 penteconteros, y un cuerpo de mil arqueros a su servicio (…)” con la cual se apoderaría “a viva fuerza” de muchas islas vecinas[6], y de no pocas plazas del continente. El gran historiador griego nos informara de una victoria naval sobre los lesbios que acudían en defensa de Mileto, tras lo cual los hizo prisioneros y los obligo a ejecutar trabajos pesados, como el abrir el foso que ciñe las murallas de Samos.
Dirá Clito, el alumno de Aristóteles, que para satisfacer su lujo, traerá perros de Epiro, cabras de Scyros, ovejas de Mileto, y cerdos de Sicilia. Agregando Alexis (en sus anales de Samos) que se rodeara de los mejores artistas, a los que había prometido enormes salarios. Como el famoso poeta Anacreonte (de Teos, Asia Menor), al cual nombro maestro para su propio hijo. El griego Clearco lo acusara de afeminado, y aducirá que su ruina sobrevino por la “intemperancia de su vida, imitando las practicas afeminadas de los lidios”.
Como aducíamos mas arriba, sus excentricidades, y sus ambiciones, le traerán amigos y enemigos por igual. Entre los primeros y mas importantes podemos contar al Faraón de Egipto Amásis II, con el que sellara una alianza de mutuo beneficio. Habida cuenta de la necesidad de un poderoso aliado en el mar que Egipto necesitaba, amen de la necesidad de oro que Polícrates requería para sufragar sus ambiciones. Y entre los segundos, además de los ya mencionados samosatas desplazados del poder en su isla, podemos sumar al sátrapa de Lidia llamado Oretes.  Cuestiones que analizaremos en los capítulos siguientes.
El poeta Anacreonte y sus musas. Anacreonte de Teos (Jonia, Asia Menor) fue llamado por Polícrates a Samos para
desempeñarse como maestro del hijo del tirano. Tras la muerte de Polícrates se instalara en Atenas.


Amasis II. Faraón de Egipto y aliado de Samos.
Alianza con Egipto y traición.
No pasaba desapercibido al Mediterráneo Oriental el interés que el imperio Persa comenzaba a tener por el Egipto de los faraones. Según Heródoto, el reino del faraón Amasis fue el mas “opulento y floreciente” del que se tenga noticia (Her.2,177), cuestión que lo hacia por demás apetecible para el rey de reyes. A la bien administrada riqueza natural de su país, Amasis le agrego una inteligente política internacional de alianza o conquista, según el caso. Fomentando por igual, el comercio y la diplomacia. Esto le permitió engrandecer aun mas su país, a la vez que desarrollaba una estrategia naval que hiciera incapaz cualquier intento de los persas por lanzarse a la conquista del país del Nilo.
Entre sus políticas, permitió a los griegos el establecimiento de una colonia en la ciudad de Naucratis[7], en el brazo Canopico del río Nilo, “la única antiguamente que gozaba del privilegio de emporio” en Egipto (Her.2,179). Además, pactó con Creso de Lidia y trabo amistad con los griegos de Cirene, tomando por esposa una mujer llamada Ladice. Colaboró también con la reconstrucción del templo de Delfos (destruido por un incendio), e intercambio presentes con Samos, “por la amistad y vínculo de hospedaje que tenía con Polícrates”.
No limitándose simplemente a esta red de alianzas, determino la invasión de Chipre, a la cual obligo a tributo tras su conquista. Sin dudas las alianzas con los pueblos de esa parte del Mediterráneo, y la conquista de Chipre, tenían el fin de asegurar la protección de Egipto por el flanco marítimo, consciente de la importancia que tenia este punto en una hipotética campaña de conquista Persa sobre el país del Nilo, por la necesidad de abastecimiento (sobretodo agua) que una flota podría ofrecer a cualquier ejército en el cruce del Sinaí.
La preeminencia de Samos en pos de este objetivo es notoria si tenemos en cuenta el creciente poderío naval de la isla, sus conquistas y alianzas. Samos pasa a ser un jugador clave, en la estrategia defensiva de Amasis. Por tal motivo, el interés y dedicación que el faraón puso en la construcción de una fructífera amistad con Polícrates es admirable.
Polícrates, el anillo y el pez.
Herodoto edifica esta interesante relación entre el tirano griego y el prospero faraón, a partir de una curiosa anécdota de carácter profético, en la cual Amasis aconseja a Policrates que, para conservar su suerte, aparte de si lo que considere mas preciado, advirtiéndole que “(…) a nadie hasta ahora oí decir que después de haber sido siempre y en todo feliz, a la postre no viniera al suelo estrepitosamente con toda su dicha primera (…)”. Siguiendo el consejo, el avaro tirano decide desechar en el mar un preciado anillo, que al cabo de unos días, recupera con sorpresa de entre las entrañas de un pez que le preparaban para cenar sus criados.
El singular evento condujo a Amasis a comprender que Policrates era en “(…) todo tan afortunado que ni aun lo que abandona perdía (…)”, y que por lo tanto vendría por fin a la ruina arrastrándolo a él (Amasis) y a todo Egipto al desastre. Decide pues, carta de por medio, anular los tratados de amistad y hospedaje publico que con aquel tenia ajustado. Cuestión que a la postre se revelara fatal para el futuro de Egipto.
Pero, ¿es posible que esto fuera así? ¿realmente sucedieron las cosas de este modo? Difícilmente Amasis rehusara de un tipo de alianza tan fructífera, y mucho menos por causa de la fantasía. Otras cosas debemos tener en cuenta.
La ruptura del tratado ponía a Egipto a merced de Persia. De hecho Polícrates noticiado de la armada que Cambises (nuevo rey Persa, hijo de Ciro) había juntado contra el Egipto, conviene una alianza con el rey de Persia, y participa de la expedición de invasión colaborando con su flota (o parte de ella).
Primero hay que recordar que para cuando la campaña de Cambises se desata sobre Egipto, gobernaba allí desde hacia apenas seis meses el hijo y sucesor de Amasis, el joven e inexperto (o menos talentoso) Psametico III. Pero sobre todo, hay que destacar que evidentemente la estructura de poder del cercano oriente había sufrido de algunos cambios en el status quo imperante. Persia despuntaba como la nueva potencia y estaba en plena expansión. Y a la mencionada caída del reino de Lidia, le siguió Babilonia tras una fulgurante guerra. Mas, las provincias de Siria y Palestina, se entregarían pacíficamente. Egipto había perdido aquellos estados tapón, pero también había perdido al carismático y exitoso Amasis. El mar era accesible para los persas, y su oro valía tanto como el egipcio.
Cambises II de Persia durante la batalla de Pelusio (525 a.C.) y la
conquista de Egipto.
Tampoco estaba exento el país del Nilo de intrigas palaciegas y traiciones. Conocemos el nombre de un probable instigador y traidor egipcio, cuyo rol en la caída de Psamético pudo haber sido importante. Un tal Wedjahor-Resne, nada mas y nada menos que el almirante de la marina egipcia para el momento del ataque persa, cargo que curiosamente mantendría incluso luego de la conquista, y lo pone a la cabeza de los sospechosos.
Ante esta coyuntura, es mas probable que fuera Polícrates el que renuncia a los tratados de “amistad y hospedaje” que lo unían a Egipto, y no al revés. Después de todo,  el faraón con el que había firmado tales tratados, ya no estaba en el trono de Egipto. Y probablemente el tirano griego no se sintiera obligado a mantenerlos con el sucesor de este. Esta claro que la consecución de traiciones y cambios de bando, tendrían a Cambises como instigador, sobornando a distancia a los aliados navales de Egipto.
A fin de cuentas, la advertencia de carácter profética de Amasis para con Polícrates, tuvo cumplimiento efectivo. Puesto que el vaticinio del faraón valía tanto para el griego como para cualquier hombre con buena fortuna. Y valla que el faraón había tenido buena dosis de éxitos en su vida. Es así como los días de prosperidad del Egipto de Amasis habían llegado a su fin. Si bien no con él como faraón, si con su heredero y continuador. Esta claro que aun no era la hora de Polícrates.

Una de piratas.
Al mismo tiempo que los persas desataban todo su poder bélico sobre Egipto (525 a.C.), Samos sufría la invasión de un ejército espartano. Herodoto enlaza esta guerra entre Samos y Esparta, con algunos hechos ocurridos durante la participación de la isla en la invasión que Persia estaba ejecutando sobre el país del Nilo.
Según el famoso historiador griego, Polícrates aprovecha la ocasión para deshacerse de sus enemigos internos. A los cuales envía en la flota de apoyo a los persas, a la vez que remite una carta a Cambises solicitando que se los ejecute una vez toque las costas de Egipto. No sabe Herodoto si los samios se enteraron de su destino mientras navegaban hacia el país del Nilo o, si una vez allí, advertidos de que serian detenidos, lograron escapar. La cuestión es que retornaron a Samos para hacer frente al odiado tirano. Logran derrotarlo en el mar pero, ya en la isla, no pudieron vencer al ejército de tierra que Polícrates les opuso. Derrotados, se hicieron a la mar nuevamente y pusieron proa a la Grecia continental, mas precisamente Lacedemonia (Esparta).
La idea de los samios rebeldes era solicitar ayuda de Esparta en virtud del apoyo que antiguamente Samos había prestado a los espartanos en su guerra contra los mesenios (seguramente durante el gobierno anterior a la tiranía de Polícrates). Y al parecer, Esparta hace tiempo que tenia entre ceja y ceja al insolente tirano de Samos.
Reclamaban los espartanos que las actividades de piratería de los samios, seguramente impulsadas por Polícrates, afectaban sus intereses. Varias veces los barcos samios habrían asaltado flotillas de los espartanos haciéndose con algunos objetos preciados para los lacedemonios. Entre los objetos que menciona Herodoto, se destacaban “una cierta copa grandiosa” que enviaban a Creso, y  un precioso coselete”, regalo de Amasis, rey de Egipto, y que consistía en una hermosa armadura pectoral de lino, segunda de las tres referencias que encontramos en Herodoto sobre el famoso “linothorax[8].
Si la información de Herodoto es cierta, tales tesoros fueron robados con anterioridad a la tiranía de Policrates, por lo que la furia espartana contra el tirano de Samos no se explica con estos hechos de piratería. En este punto las suposiciones son muchas. Evidentemente la acusación o es un invento de Herodoto, o es una excusa de Esparta, o un poco de ambas cosas. Lo cierto es que la actividad de Samos en esa parte del Mediterráneo, sobre todo después del acceso al poder de Polícrates, comenzaba a ser molesto para algunas potencias locales.
Samos no solo debió ejecutar acciones de piratería, sino que incluso debió interferir notoriamente en el comercio. Sumemos las conocidas intenciones expansionistas de Polícrates, y el combo esta completo. Esparta solo necesitaba una excusa, y entre los exiliados samios y las acusaciones de piratería ya tenia dos.
Pentecontera. Buque predominante en la flota samia.

Guerra con Esparta.
Ni bien desembarcaron los espartanos en Samos (525 a.C.), pusieron sitio al Pythagoreion[9], la principal ciudad y puerto de la isla. En una rápida acción en la que tomaron los muros, accedieron finalmente al puerto. Polícrates logra contraatacar con éxito lanzando sobre los asaltantes un gran numero de hombres armados. Los espartanos son rechazados y perseguidos hasta que abandonan la ciudad. Una vez fuera de la misma, parece que Polícrates suspende el ataque.
Al presenciar este éxito parcial, un numero de tropas mercenarias de Samos que estaban acantonados en un fuerte en la ladera de la colina lindante con la ciudad, se decide por atacar a los espartanos. Pero ahora los lacedemonios se encontraban en campo abierto, y no entre las callejuelas de la ciudad y el puerto, por lo que pudieron formarse y contener el furioso ataque. Cuenta Herodoto que “sucedió que sostenido por algún tiempo el ataque de los lacedemonios, fueron los samios al cabo deshechos y derrotados, y no pocos quedaros muertos allí mismo en el alcance que seguían los enemigos” (Her. 3,54). La fama de los espartanos en batalla comienza  a ser legendaria.
Representación de Hoplitas Espartanos.
Lamentablemente para los Samios, de haber coordinado el ataque de los mercenarios con los defensores de la ciudad, probablemente hubieran deshecho a los espartanos. Pero el descoordinado ataque puso el asunto en “tablas” nuevamente. Lo mismo, tal jugada les pudo costar mucho. Pues no tuvieron mejor idea los mercenarios que introducirse en la ciudad en su huida desesperada. La suerte una vez mas estuvo del lado de Polícrates, pues pocos espartanos persiguieron  a los que huían, y terminaron atrapados en la ciudad para finalmente morir con las armas en la mano. Si hubieran perseguido en buen numero a los que huían, bien pudieron haber tomado la ciudad.
Finalmente cuenta Herodoto que “Pasado ya 40 días de sitio, viendo los lacedemonios que nada adelantaban en el cerco, dieron la vuelta al Peloponeso” (Her. 3,56), argumentando el historiador griego que esta fue la primer expedición que Esparta emprendía “contra el Asia”. Coronado por un rotundo fracaso, agrega este escriba.
Destacamos una vez mas la suerte que sigue acompañando a toda empresa de Polícrates. Pero nos hacemos algunas preguntas ¿Por qué el poderío naval de Samos no pudo detener la invasión espartana? En este punto es oportuno recordar la victoria naval de los samios rebeldes relatada en el anterior capítulo ¿será que los rebeldes se habían apoderado de la flota tras la campaña en Egipto? Esta sospecha deviene en algo muy probable.
Es la única forma de entender primero la derrota naval, y luego el éxito de la expedición espartana. Después de todo, tal vez no siempre la fortuna estuvo del lado del tirano de Samos. O mejor dicho, como a cualquier otro mortal, las malas decisiones, que Polícrates también las tuvo, terminan pasando factura incluso al mas venturoso.
En definitiva, ya sin esperanza de lograr una victoria y derrocar al odiado tirano, los samios rebeldes se hacen nuevamente a la mar para finalmente establecerse en la isla de Sifno (rica en minas de oro) la cual, según Herodoto permite entender, capturan y se hacen con el poder[10].
Mapa de Situación. La Isla de Samos y alrededores.
Imperialismo y caída. Muerte de Polícrates.
Si bien es cierto que los sueños expansionistas de Polícrates eran recurrentes desde el inicio de su tiranía, no menos cierto es que estos se acrecentaron tras salir airoso de la invasión espartana y la expulsión de los rebeldes (aventura que inferimos se resolvió completa en el año 525 a.C.). Tal vez esto se viera incrementado también por el nuevo marco político del Mediterráneo Oriental y la alianza con Persia.
Al parecer, el deseo de Polícrates por conformar un imperio marítimo era inocultable. Y creemos que se dedico a esto en los años posteriores a la invasión espartana (524 y 523 a.C.) hasta su muerte en 522 a.C. Esta política, de por si sola, le generaba no pocos conflictos con diversos países. Pero sobre todo, hacerse con la Jonia (los griegos de la costa turca, llamados Yauna por los persas), su mayor anhelo, lo enfrentaba con su gran aliado: la Persia de Cambises.
Ahora bien, la muerte de Polícrates esta relacionada, según Herodoto, con la búsqueda de la financiación perdida tras la caída de Egipto. Y en todo sentido, Persia es la única fuente viable de financiación para el tirano de Samos. En esto estaba Polícrates cuando es capturado por el sátrapa de Lidia, un persa llamado Oretes (Orestes), y es ejecutado cruelmente en circunstancias que analizaremos mas adelante.
Entonces ¿Cómo se compatibiliza el deseo de dominar la Jonia (dominada por Persia) y la necesidad de oro persa para sufragar su delirio expansionista? No es sencillo responder esta pregunta, hay muchas cosas que analizar primero.
El año 522 a.C. se revelaba como un año lleno de sorpresas. En Persia se desataba una revuelta comandada por un mago medo llamado Gaumata que derrocará a Cambises y asumía la conducción del imperio[11]. Aunque solo gobernaría unos pocos meses, ya que para septiembre del mismo año, Darío I (futuro “El Grande”) lo depondría y asumiría el reinado. Entre la “limpieza” política que desato Darío, se encontraba el propio sátrapa de Lidia, Oretes.
Inscripciones de Behistún. Ejecutadas durante el reinado de Darío I
probablemente en el año 515 a.C. son fuente indispensable para
el conocimiento de la rebelión de Gaumata.
Ignoramos si Oretes conspiro junto a Gaumata en la caída de Cambises, o si solo se opuso al ascenso de Dario, o se negó a colaborar con este cuando tuvo que enfrentar las revueltas en algunas provincias[12], o si se le hizo pagar por algunos crímenes que le eran adjudicados (ej. La muerte de Mitrobates[13] y su hijo Cranaspes), o tal vez por todo esto junto.  Lo cierto es que para Darío el sátrapa debía ser eliminado.
Pero el año 522 a.C. también es el de la muerte de Polícrates a manos de Oretes. Evidentemente entre marzo de 522 (caída de Cambises) y septiembre del mismo año, Oretes hace gala de una libertad en sus acciones y decisiones, que lo ponen en el centro de las miradas. El asesinato del sátrapa de Dascilio, Mitrobates (Frigia Helespóntica) y de Polícrates de Samos, pueden ser ejemplo de ciertas aspiraciones de Oretes que excedían la de simplemente gobernar su satrapía. Tal vez, especulamos, con la idea de consolidad su poder en aquella región, y porque no, su independencia.
El interés de este sátrapa persa por la isla de Samos es referida en Herodoto con el acostumbrado aditamento de situaciones marcadas por la fantasía. El historiador griego ofrece dos alternativas por las cuales Oretes pone sus ojos en la isla. En la primera, aduce que Oretes es insultado por Mitrobates (el sátrapa que luego asesinará), quien lo acusa cuanto menos de mentiroso (o de cobarde), al espetarle que “¿Tú, hombre, te atreves a hablar de valor y servicios personales, no habiendo sido capaz de conquistará la corona y unir a tu satrapía la isla de Samos, que tienes tan cercana, y es de suyo tan fácil de sujetar que un particular de ella con solos quince infantes se alzó con su dominio en que se mantiene hasta el día?” (Her. 3,120).
Un Polícrates absorto ignora al embajador persa.
La siguiente alternativa, no esta menos exenta de fantasía. Cuenta Herodoto que el sátrapa envió a Samos un embajador, con desconocidas ordenes, aunque probablemente para intentar algún convenio o tratado de mutuo beneficio, pero que el tirano samosata ignora olímpicamente, “(…) ora a propósito quisiera dar a entender cuán poco contaba con Oretes, ora sucediese por descuido y falta de reflexión, vuelto como estaba el rostro a la pared, ni lo volvió para mirar al enviado, ni le respondió palabra (…)” Her. 3,121. Situación que, obviamente, enfureció a Oretes.
Ambas anécdotas ciertamente parecen poco probables para señalarlas como causantes del odio de Oretes. Que el sátrapa fijo su atención en la isla es indudable. Pero su accionar probablemente haya tenido mas que ver con sus propias ambiciones personales que por anécdotas cuasi fantasiosas. Sobre todo cuando en una siguiente embajada de Oretes, Polícrates conviene con el sátrapa una reunión en Magnesia del Meandro[14]. Herodoto aduce que esta vez, Polícrates presto atención a la embajada en virtud de la oferta. Al parecer, Oretes ofrecía al tirano de Samos la cantidad de oro que este desee a fin de financiar sus aspiraciones imperiales.
Polícrates desestima las advertencias de su hija.
Evidentemente las anécdotas iniciales son pura ficción y solo acierta el historiador griego en esta ultima parte. Difícilmente Polícrates hubiera desatendido cualquier tipo de embajada persa, necesitado como estaba de oro. Y difícilmente Oretes redujera todo su enojo a anécdotas insignificantes como las relatadas por Herodoto. Lo cierto es que Polícrates necesitaba un nuevo aliado, y Oretes ambicionaba la isla desde hacia tiempo.
Pero la imaginación de Herodoto no se limito a las intrigas iniciales. Al parecer, la hija de Polícrates tuvo entre sus sueños una visión infausta, “pareciéndole ver ella a su padre colgado en el aire, y que Júpiter la estaba lavando y el sol ungiendo” (Her. 3,124). Forzada por tales malos agüeros, se deshizo en palabras intentando persuadir a su padre de que abandonara presentarse ante Oretes.
Por fin, despreciando los consejos de todos, embarco Polícrates para Magnesia. Pero no acabando de poner el pie en tierra, fue detenido por  los persas y “se le hizo morir con una muerte cruel, indigna de su persona, e igualmente de su espíritu magnánimo y elevado” (Her. 3,125). No contento con haber hecho tal carnicería, mando Oretes colgar a Polícrates de un aspa a modo de crucifixión.
Así expuesto, el cadáver de Polícrates iba verificando puntualmente los vaticinios de su hija, “(…) siendo lavado por Júpiter siempre que llovía, y ungido por el sol siempre que con sus rayos hacia que manase del cadáver un humor corrompido (…)” (Her. 3,125).
Crucifixión de Polícrates. Cuadro del artista italiano (pintor, poeta y grabador) Salvador Rosa (1615-1673).

A modo de final.
Con la muerte de Polícrates, sus viejos enemigos comenzaron a disputarse el gobierno de la isla bajo el ala del sátrapa Oretes.  Sin embargo, tras la muerte del sátrapa, el nuevo rey persa, Darío I el Grande, dispone que Silosonte, el desterrado hermano de Polícrates, asuma el poder total de la isla. Cuestión que nos permite sospechar sobre la actividad conspirativa que este samosata pudo haber desplegado ante diferentes lideres persas.
Esto no pudo evitar que el persa Otanes finalmente sometiera la isla al imperio en algún momento entre los años 517 y 513 a.C., tiempo durante el cual fue sátrapa de Lidia.
Dirá Herodoto que la muerte de Polícrates confirma el primer vaticinio mencionado en este escrito (aquel del faraón Amasis). En virtud de que la fortuna del tirano, antes siempre prospera, “vino al cabo a terminar en el mas desastroso paradero”. Vaticinio que, con los hechos sobre la mesa, parece poco meritorio.
Esta característica en los relatos de Herodoto, esa mezcla entre realidad y fantasía, son una constante en sus escritos, cuestión que será muy criticada por Tucídides, cuando este aborde la guerra del Peloponeso. En definitiva, Herodoto nos plantea la historia de una persona marcada por un vaticinio. Y el destino final de Polícrates se desata por desoír el consejo de la prudencia. A fin de cuentas, mas allá de la fantasía o lo improbable de los hechos relatados por Herodoto, mas que con vaticinios y agoreros, el destino final de Polícrates esta relacionado con las propias decisiones y sus consecuencias. Algo de lo que no estamos librados ninguno de los mortales.


FIN


Autor: marvel77
Bibliografía:
- Herodoto. Nueve Libros de Historia.
- Ateneo de Náucratis. Banquete de los eruditos.
- Tucídides. Guerra del Peloponeso.
- Aristóteles, Política.






[1] Aristóteles, Política, V, 10, 5-6 «De las tiranías, en efecto, unas se establecieron de este modo, cuando ya las ciudades habían crecido; otras, ante esto, surgieron de reyes que se apartaron de las costumbres de sus antepasados y aspiraban a un mando más despótico. Otras, de los ciudadanos elegidos para las magistraturas supremas, pues antiguamente las democracias establecían para mucho tiempo los cargos civiles y religiosos; otras surgían de las oligarquías cuando elegían a uno solo con poder soberano para las más importantes magistraturas».
Aristóteles, Política, V, 10, 3-5 «El tirano sale del pueblo y de la masa contra los notables, para que el pueblo no sufra ninguna injusticia por parte de aquellos. Se ve claro por los hechos: casi la mayoría de los tiranos, por así decir, han surgido de demagogos que se han ganado la confianza calumniando a los notables».
[2] Tucídides 1,13
[3] Ateneo de Náucratis. Banquete de los eruditos, XII 57 “Clearco”.
[4] Ateneo de Náucratis. Banquete de los eruditos, XII 57 “Clito”.
[5] Heródoto III, 43.
[6] Solo Tucidides menciona alguna de ellas: Rhenea.
[7] Herodoto 2, 178: “Como sincero amigo de los griegos no se contentó Amasis con hacer muchas mercedes a algunos individuos de esta nación, sino que concedió a todos los que quisieran pasar al Egipto la ciudad de Naucratis para que fijasen el ella si su establecimiento, y a los que rehusaran asentar allí su morada les señaló el lugar donde levantaran a sus dioses aras y templos, de los cuales el que llaman el Helénico es sin disputa el más famoso, grande y frecuentado. Las ciudades que, cada cual por su parte, concurrieron a la fábrica de este monumento fueron: entre las jonias, las de Quío, la de Teo, la de Focea y las de Clazomene; entre las dóricas, las de Rodas, Cnido, Halicarnaso y Faselida, y entre las Eolias únicamente la de Mitilene. Estas ciudades, a las cuales pertenece el helénico, son las que nombran los presidentes de aquel emporio, o directores de su comercio, pues las demás que pretenden tener parte en el templo solicitan un derecho que de ningún modo les compete. Otras ciudades erigieron allí mismo templos particulares, uno a Júpiter los eginetas, otro a Juno los samios, y los Milesios uno a Apolo.”
[8] Herodoto menciona tres veces al linothorax en sus escritos, y que citamos a continuación: Her 2.182: “En la Grecia ofreció Amasis algunos donativos religiosos; tal es la estatua dorada de Minerva que dedicó en Cirene con un retrato suyo que al vivo le representa; tales son dos estatuas de mármol de Minerva, ofrecidas en Lindo, juntamente con una coraza de lino, obra digna de verse (…)”. Her. 3.47: “Hechos en efecto los preparativos, emprendieron su expedición contra Samos, con la mira, según dicen los samios, de pagarles el beneficio que de ellos habían antes recibido los lacedemonios, cuando con sus naves les socorrieron contra los Mesenios; aunque si estamos a lo que los mismos lacedemonios aseguran, no tanto pretendían en aquella jornada vengar a los que les pedían socorro, como vengarse de dos presas que se les habían hecho, una de cierta copa grandiosa que enviaban a Creso, otra de un precioso coselete que les enviaba por regalo Amasis, rey de Egipto, el cual los samios habían interceptado en sus piraterías un año antes de robarles la copa regalada a Creso. Era aquel peto una especie de tapiz de lino entretejido con muchas figuras de animales y bordado con hilos de oro y de cierta lana de árbol, pieza en verdad digna de verse y admirarse, así por lo dicho como particularmente por contener el urdimbre de cada lizo, no obstante de ser muy sutil, 360 hilos, todos bien visibles y notables. Igual a este es el peto que el mismo Amasis consagró en Lindo a Minerva”. Her. 7.63: “Los asirios armados de guerra llevaban cubiertas las cabezas con unos capacetes de bronce, entretejidos a lo bárbaro de una manera que no es fácil declarar, si bien traían los escudos, las astas y las dagas parecidas a las de los egipcios, y a más de esto unas porras cubiertas con una plancha de hierro y unos petos hechos de lino (…).”
[9] Pythagoreion o Pitagorio, se puede traducir como “sartén” o “marmita”, tal vez por su forma o relieve, cuasi circular y poco profundo. El Pitagorio también presta su nombre al famoso filosofo Pitágoras de Samos, coetáneo con la dictadura de Polícrates, y probablemente enemigo de la misma.
[10] Herodoto deja entrever, a través de una anécdota de carácter profético, que los samios rebeldes capturan la isla de Sifno: “(…) eran sin duda los más ricos de todos los isleños, a causa de las minas de oro y plata abiertas en su isla, tan abundantes, que del diezmo del producto que de ellas les resultaba, se ve en Delfos todavía un tesoro por ellos ofrecido, que no cede a ninguno de los más ricos y preciosos que en aquel templo se depositaron. Los vecinos de Sifno repartían entre sí el dinero que las minas iban redituando. Al tiempo, pues, de amontonar en Delfos las ofrendas de su tesoro, tuvieron la curiosidad de saber del oráculo si les sería dado disfrutar sus minas por mucho tiempo, a cuya pregunta respondió así la Pitia: Cuando sea cándido el pritáneo ¡Oh Sifno! y cándido tu foro, Llama entonces intérprete que explique El rojo nuncio y ejército de leño. Y quiso la suerte que al acabar puntualmente los Sifnios de adornar su plaza y pritáneo con el blanco mármol de Paros, llegasen allá los samios en sus naves.” Her. 3,54
[11] Mientras Cambises continuaba en Egipto planeando la conquista de Cartago, en el seno de Persia se desataba una revuelta dirigida por el mago Gaumata que usurpa el trono haciéndose pasar por el hermano del rey persa: Esmerdis (o Bardija, según la inscripción de Behistun). Es tal el éxito de la revuelta, que aun cuando Cambises se apresura de regresar, se ve pronto en la imposibilidad de desbaratarla. Cuestión que lo lleva a cometer el suicidio. Gaumata gobernará unos pocos meses para finalmente ser depuesto y ejecutado por Darío I, el Grande.
[12] Desde el momento de su coronación prácticamente todo lo que quedaba del año 522 a.C. Dario tuvo que combatir un total de 19 batalla para lograr pacificar el reino. Entre las regiones que se rebelaron se encuentran la propia Media (al mando de Fraortes), Elam, Babilonia, Partia Bactriana, y Egipto.
[13] Sátrapa de Dascilio, Frigia Helespóntica.
[14] Ciudad griega de origen eolio, aunque en el seno de la Jonia. Por tal motivo nunca fue aceptada en la Liga Jónica. Fue considerada “segunda residencia” por los sátrapas de Lidia.

3 comentarios:

  1. Nuevo artículo en AH Web! Esperamos que sea de tu agrado, y no olvides de dejarnos un comentario.

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  2. Lo estoy leyendo a trozos, pero es magnifico. Enhorabuena.

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    1. Gracias Eneas! Nos alegra que te haya gustado.

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